DON GOYO, 1a parte, Carlos Bravo Matus

Editorial         DR. CARLOS BRAVO M.              4-4-19 

“DON GOYO”  1ª. Parte

Qué difícil es recordar la belleza de las nieves eternas del Popocatépetl y pensar que nunca más posaré mis pies en ellas.

La primera vez que subí a las nieves del Popocatépetl, tenía 10 años de edad, mi padre, alpinista, nos llevó a mí y a dos de mis hermanos al albergue de Tlamacas en el Popo y apenas entraba el amanecer comenzamos a subir por la ruta de los arenales hasta llegar al refugio de Las cruces, mitad del camino al cráter y cubierto de nieve. Desde entonces me enamoré de la montaña, escalando el Popocatépetl, Iztaccíhuatl, La Malinche, el Nevado de Toluca entre otras cumbres, junto con mis amigos-hermanos del grupo 1 y del 7 de los Scouts de México. Muchas veces los escalé y ya de joven me incorporé al Socorro Alpino, participando en muchos rescates de montañistas perdidos o caídos en las nieves. Contagié a mi esposa desde el noviazgo, de la emoción de ver el mundo desde las alturas y encontrarse con uno mismo en medio de la naturaleza. De las experiencias más hermosas que recordamos, es ver el amanecer rumbo al cráter, viendo pintarse la nieve de cambiantes colores que iban del rojo oscuro, pasando a naranja, amarillo y llegando al blanco puro conforme salía el sol y desde ahí ver la geografía mexicana, la curvatura de la tierra y a lo lejos la delgada línea del mar. De mis  últimas ascensiones al cráter fue cuando nació mi primer hijo, escalando con el clan del 7 de México con Toño y Raymundo García Virues, Toño Caso, Juan Roberto Pitman, Ernesto Pirsch y Juan Greaves entre otros.

Dos veces descendí a la laguna de azufre del cráter, bajando en un malacate y 3 veces hice la circunvalación del cráter. Lo mismo subíamos por la ruta de Las Cruces, la directa a Flecha del aire o por el abanico del Ventorrillo pasando por el albergue del Canarios, siendo mi última ascensión un fin de año en que mi hijo quiso de cumpleaños dormir en el refugio de Tlamacas y escalar el volcán, partiendo del refugio en la madrugada y tras horas de caminata, ver con mi hijo y mi esposa, el amanecer sobre la nieve, descendiendo el último día de ese año. Luego mi piolet cambió de rumbo al Pico de Orizaba con los muchachos del clan del grupo 1 de los scouts de Xalapa, hasta que un buen día, en el cráter del Citlaltépetl supe que era la hora de despedirme de las altas nieves, descendiendo con nostalgia pero feliz de haber hecho cumbre muchísimas veces, admirando las maravillas de la naturaleza que muy pocos ojos pueden admirar a esas alturas. 

Que es un deporte difícil, de alto rendimiento y riesgoso, es muy cierto, así lo atestiguan mis tobillos maltrechos tras una caída de muchos metros en el Popo y de varios heridos, golpeados y muertos que rescatásemos  en las alturas, pero que bien vale la pena cuando casi se puede tocar el cielo con la mano mientras se tienen las botas y spikes bien posados en la tierra.  Continuará……………