CREAR MEMORIAS María del Carmen Maqueo Garza

CREAR MEMORIAS

María del Carmen Maqueo Garza

Estas fechas nos conectan con la esfera más sensible de nuestra vida: Las memorias se agolpan y percibimos las cosas de  manera distinta al resto del año.  Nos permitimos entrar en contacto con el niño interior que llevamos dentro, y que finalmente facilita el goce y la expresión sin tapujos de toda clase de emociones, desde el júbilo absoluto hasta el llanto que, si no logra exteriorizarse, al menos se queda hecho nudo en la garganta.

Cada uno construye sus memorias de acuerdo con los fragmentos de ayer que, como piezas de rompecabeza, terminan conformando un todo personal.  En mi caso la Navidad está hecha de estampas, unas religiosas, otras profanas, donde se entremezclan de manera única elementos del nacimiento con personajes pintados por Diego Rivera o importados de Norteamérica.  Hay posadas multicolores que retratan el júbilo de  niños con piel de canela, junto a  nítidas figuras de personajes de fantasía, como Rodolfo el reno de la nariz roja o Frosty, el mono de nieve con ojos de carbón, que un día –como por magia—cobró vida. Todo ello situado en un fondo colmado de nochebuenas y luces multicolores. La Navidad huele a pino y a ponche de frutas.  Se cuelan recuerdos aromáticos de tamales y champurrado.  Escucho los villancicos españoles ahijados en nuestro suelo, y alcanzo a rememorar los golpes del palo de madera contra el tepalcate de una piñata barrigona, que amenaza con explotar y lanzar de manera portentosa, naranjas, guayabas, caña; cacahuates y mucha colación. Con cada golpe seco de la madera sobre el barro crece la emoción de los niños, dispuestos a recoger a manos llenas esos tesoros para el paladar.  Llega el aroma cautivador de la mandarina que impregna las manos que la despojan de su cáscara. Penetra a través de la nariz, y va a alojarse para siempre como un apetecible recuerdo de infancia.

Navidad es la nerviosa expectativa de la noche del 24, tiempo en que imaginamos ese juguete tan deseado bajo el árbol.  La misa de gallo de medianoche, cuando los horarios de mi infancia se alteraban por única vez en el año, y el sueño se espantaba ahuyentado por la emoción de lo que llegaría unas horas después.  A la mesa navideña de los recuerdos hoy acuden padres y abuelos; cada uno ocupa su lugar y la fiesta comienza.  La música del tocadiscos pasa de villancicos españoles a canciones de Bing Crosby una y otra vez; hay ratos cuando el áspero sonido de la aguja sobre el acetato es todo lo que se percibe, ignorado por las voces y las risas de los comensales.

Las tarjetas navideñas. El fulgor de las luces de Bengala y el olor del cabo de las velitas, cuyo resplandor acompañaba la procesión de peregrinos pidiendo posada.  El frío que se metía hasta los huesos y me ponía a temblar de un modo hasta sabroso, para apercibirme de que la Navidad llegaba. 

La cocina de mi madre; las manos de mi abuela.  Las golosinas que regalaba el padrino.  La emoción de vivir las posadas y contemplar esos nacimientos de cinco o seis cuadros, poblados con figuras de barro multicolor, que representaban a los peregrinos, los reyes magos, cada uno en su bestia: el caballo para Melchor; el camello para Gaspar y el elefante para Baltazar. Los pastores, el ángel anunciando la buena nueva al mundo; al fondo el asno y el buey, y al frente dos o tres borreguitos.  A un lado la pequeña aldea con sus habitantes; el lago con patos y cisnes; el pozo de agua y la aguadora de mantilla blanca siempre. Borreguitos repartidos en todos los cuadros, e invariablemente un pastor cargando una oveja sobre sus hombros.  Entre unas y otras escenas, se extendía una alfombra de heno, musgo, y algunas esferitas navideñas. Tal vez más allá del portal podía verse un molino de viento; puentes, ríos y cascadas.  Otro cuadro que no podía faltar era el de la creación del mundo, el árbol, la manzana y la serpiente.  Adán y Eva con una desnudez que contrastaba con el arropamiento del resto de las figuras.  Por encima del portal en el que se exhibían los peregrinos, la estrella de Belén refulgente.  De niña imaginaba que encima de la estrella se hallaba Dios Padre, un viejo de cabello canoso y ondulado, sonriendo satisfecho al contemplar las distintas escenas de la Natividad.

Canela; incienso; ilusión; a la ro-ro niño; nieve a través del helado cristal o proveniente de un bote que la lanza a velocidad para decorar las ventanas de la escuela con un “Feliz Navidad” y un moño de ocasión.   Ahora es  momento para conectar con los ecos de ese ayer, y crear memorias entrañables para nuestros niños. En particular esta vez, cuando culmina un año atípico, nada fácil, que ha implicado renuncia a muchos elementos de disfrute.  ¡Nuestros niños lo tienen más que merecido! Rematemos este año tejiendo para ellos inolvidables memorias.

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