LOS SESENTA EN MIS SESENTA, María del Carmen Maqueo Garza

LOS SESENTA EN MIS SESENTA

María del Carmen Maqueo Garza

Hace quince días cumplí años.  Me sorprendo al descubrir que estoy a tres años de completar siete décadas de vida. Claro, a estas alturas hay una serie de circunstancias que podrían impedir que lo consiga, pero  la expectativa es hacerlo.  Aunque no suelo festejar en gran manera, esta vez el norovirus nos puso a mi hija y a mí en reposo forzado; permanecimos en casa trabajando cada cual en lo suyo.  Decliné su invitación  de salir a comer fuera; me apetecía más un menú de memorias en blanco y negro, y eso hicimos, al calor de una taza de té de hierbabuena.

Como chispazos vienen a mi mente imágenes y vivencias de mi infancia.  Una muy divertida fue cuando cumplí ocho años. Mi mamá me preparó una fiesta que, a la fecha, las asistentes recuerdan. Llamó al periódico para la fotografía en la página de Sociales.  Esa mañana decidí que ya no quería usar fleco; fui al canasto de costura de mi madre, saqué las tijeras y tronché de raíz el copete.  Ya se imaginarán cómo salió la fotografía con la frente poblada por un mechón como brote silvestre de zacate.  Así estuve platicándole a mi hija las experiencias de una niña en los años sesenta, cuando las cosas se daban a otro ritmo, todo se cocinaba más lentamente, tanto en la cocina como en el alma.  Las cosas eran para siempre.  Había talleres de reparación de licuadoras y de planchas, y gabinetes de zurcido de medias de seda.  Mi mamá tuvo varios pares de medias con costura, que eran más costosas y bien valía pagar por una zurcida.   Los señores solían usar pañuelo, desde paliacates hasta finos personalizados.  En las familias el “gallito” era esa prenda que, una vez que el mayor crecía y ya no podía utilizar, iba pasando en sentido descendente, como bien señala Gonzalo Celorio en su novela “Los apóstatas”.  El sentido de comunidad era tal, que hasta las fotografías de uno eran utilizadas por el otro en una emergencia.

Vivíamos en un sistema colectivo donde no había esos límites que hoy en día nos impone el capitalismo.  Todos hallábamos muy normal el desapego a las marcas, muy distinto a los chicos de hoy.  Se compraba lo que buenamente se podía, y nadie se fijaba en la casa productora o en el diseñador.  Cumplía su función dentro del hogar, y eso era suficiente.

En blanco y negro viene una colección de imágenes  de mis abuelas materna y paterna, tíos abuelos, mis papás, mis tías maternas y la primada. Recuerdos de eventos, como la clásica visita al Parque de Chapultepec y la foto sobre un caballo de madera. O en trajinera en Xochimilco.  Recuerdos de funciones de circo; recitales de piano o  festivales escolares.  Memorias de un mundo más tranquilo y ordenado, o al menos así era percibido a mi corta edad.  Teníamos entonces oportunidad de procesar la información con mayor detenimiento, aunque, hay que decirlo, si algo no entendíamos, a veces podíamos quedarnos con la duda por mucho tiempo, en particular si el tema tenía relación con asuntos de moral.   Nacida en un hogar muy católico, hija única por diez años, las dudas inocentes que tuve como niña terminaron provocándome la certeza de que estaba condenada al fuego eterno, y que el diablo en su traje rojo, con cuernos, cola y tridente, vendría por mí en cualquier rato. De hecho, en una temporada soñaba cada noche que me llevaba con él.   Afortunadamente la ciencia ha derribado muchos de esos mitos que tanta angustia provocaron a niños de mi edad en los sesenta.

Pude evocar  la primera tornamesa en la casa paterna, de esas de caja como veliz con agarradera, que se abrían para ir colocando los LP y los discos de 45 revoluciones.  Mi primera adquisición, seguramente por el precio más que otra cosa, fue un disco instrumental de “Los cerezos en flor”, que jamás había escuchado antes, pero a partir de su compra pondría religiosamente cada tarde. No recuerdo el nombre del compositor ni de la orquesta que lo interpreta.  Google no me saca de dudas.  Eso sí, evoco la melodía como si la estuviera escuchando en este momento.

La infancia es esa etapa ajena al tiempo en la que se acomodan las fichas para el juego de la vida.  De repente queremos recordar y pareciera que estamos frente a una página en blanco, pero en la medida en que comenzamos a enfocarnos, van apareciendo memorias, una tras otra, y tal vez arriben  recuerdos que se habían quedado archivados por decenios.  A los sesenteros nos tocó vivir una infancia más intuitiva y artesanal, con límites bien definidos. La autoridad paterna incuestionable, la materna constante a nuestro lado.   Algunos sometidos a un estricto rigor disciplinario.  Apenas comenzaban a circular por el mundo los libros del Doctor Spock, que revolucionarían la educación en casa.

Crear para nuestros chicos una infancia feliz, que dé gusto reinventar mañana.

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