SALSIPUEDES María del Carmen Maqueo Garza

SALSIPUEDES

María del Carmen Maqueo Garza

Con el paso de los años solemos ponernos nostálgicos.  Más todavía, si vivimos lejos de las tierras en las que transcurrió nuestra infancia. Memorias familiares llegan a nosotros con una claridad extraordinaria, convocadas por algún estímulo del presente que las hace venir a nuestro encuentro.

En mi natal Torreón, del cual cada vez estoy más desligada, las cosas transcurrían de forma ordenada, lineal –pudiera decirse.  Entre los comercios que recuerdo con claridad estaba La Soriana, tienda de telas, que hasta  los años setenta pasó a diversificarse. En la radio se anunciaba mediante un personaje llamado “El sordo Pioquinto”. Por otro lado, había un comercio también de telas. Su propietario, de apellido “Zarzar” era apodado “Salsipuedes”.  Una vez que cruzabas su umbral en busca de un producto, no lograbas irte sin haber comprado algo.

Vino a mi mente ante la contundencia de los mensajes que recibimos los mexicanos, desde las 7 de la mañana hasta que concluye el día: Palabras, motes, descalificaciones, cuyo golpeteo constante produce estados de ánimo que nos afectan, nos irritan y nos ponen en pie de combate.  “Polarización” ha sido el ejercicio favorito de nuestros políticos, para confrontarnos y dividirnos.

Dentro de ese ambiente enrarecido, observamos además la forma como se ha disparado la criminalidad, en particular el feminicidio.  Es muy lamentable revisar las páginas de nuestros medios impresos para descubrir que la nota que predomina es la relativa a la muerte: Desde otras partes del mundo; en nuestro país; hallazgos macabros, muertes inexplicables, investigaciones fallidas. Son incontables las referencias a hechos violentos que culminan en muerte, que se vuelcan en los medios digitales e impresos día con día.  Y no se diga a través de programas de televisión, sea en telenovelas nacionales o en series policíacas norteamericanas.  En estas últimas se aplica una escaleta que se calca de un episodio al siguiente. Los mensajes subliminales en todos los casos señalan que la violencia es incontenible y que los personajes sombríos abundan.

Recordé aquel famoso aforismo que cuestiona si el arte imita a la naturaleza.   Habrá que decirlo, en comparación a los contenidos de mediados del siglo pasado, los programas actuales desbordan de elementos audiovisuales violentos.  No dejan nada a la imaginación del espectador; dan todo digerido, gráfico y en abundancia.

Es difícil  medir el impacto que tienen estos estímulos en la formación de nuestras concepciones.  Qué tanto la frecuente o continua exposición  a contenidos de elevada violencia nos lleva a normalizarla, a crearnos un escenario en el cual la muerte violenta  es así de común.

“Salsipuedes”: Así imagino a ratos nuestro andar por esta vida, en un ambiente del cual es imposible escapar sin llevarnos algo a casa.  Palabras; conceptos; imágenes; razonamientos que hacen suponer que  nos desenvolvemos en un mundo descompuesto del que nada ni nadie podrá salvarse.

Es muy fácil dejarnos llevar por mera inercia a esos contenidos de ficción que exageran la realidad y contribuyen a distorsionarla.  Resulta difícil distinguir que detrás de esos contenidos  exista una compleja maquinaria mercadológica empeñada en generar mayores clientelas.

Cada uno de nosotros  elige qué procurar y qué desechar.  En el mercado hay oferta de muy diversos productos para el entretenimiento.  De cada uno depende el decidirse por uno u otro material.  Ya con lo que tenemos afuera en el mundo es suficiente como para llegar a casa y continuar saturando los sentidos y la imaginación con historias terribles que llevan a la desesperanza.  No hablo de sentarnos a leer novelas del corazón, pero sí de procurar producciones escritas, televisivas o en la red, que nos permitan entender un poco más este complicado mundo que nos ha tocado vivir.  Y, sobre todo, que nos ofrezcan alternativas para aprender a ser mejores personas.

El factor económico, hasta hace algunos lustros un gran problema para acceder a buenas lecturas, prácticamente ha desaparecido.  Se consiguen mediante clubes de lectura o plataformas digitales, obras de la literatura universal que contribuyen a expandir el conocimiento propio y acerca de la sociedad en la que vivimos.  A conocer nuestra historia y así entender las raíces de los fenómenos que hoy se presentan.

A propósito de ayeres y nostalgia, me maravilla poder recordar mis primeros libros infantiles. Parece que estoy viendo a mi abuela materna leyéndome cuentos y fábulas, despertando la imaginación de mis dos o tres años.  Así de prodigiosa la presencia de estos personajes.

¿Qué sucederá si a nuestros niños y jóvenes los convencemos de acompañarnos a un rato de lectura o de buen cine? El camino hacia un cambio está a nuestros pies. ¿Lo intentamos?

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