HONRAR LA VIDA, PREPARAR LA MUERTE, María del Carmen Maqueo Garza

HONRAR LA VIDA, PREPARAR LA MUERTE

María del Carmen Maqueo Garza

Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado. G. García Márquez

El tiempo se cuenta de mil formas distintas.  A partir de nuestro nacimiento por cumpleaños; más delante por aniversarios de diversos eventos.  Llega un punto en que, con plena consciencia de su valor, comenzamos a contarlo con mayor minuciosidad.  Cada día vivido es en sí un logro alcanzado, un reto superado, una promesa que hoy se cumplió.

Ninguno de mis conocidos que me tope en la calle, podría imaginarse que hace justo seis semanas estaba en el barranco, debatiéndome entre seguir con vida o perderla.  Un cuadro que se presentó de manera súbita y en un par de horas me tuvo al borde de la muerte; un cuadro que hasta la fecha sigue sin ser totalmente explicado.  Me quedo con la idea de que fue un COVID provocado por esas variantes malignas que se presentan sin dar positividad en los exámenes.  Desde abril del 2020 he tomado las mayores providencias posibles y, aun así, caí, con graves afectaciones al aparato cardiopulmonar.  Gracias al amoroso cuidado de una amiga que en ese momento me acompañaba, y al acierto médico de un excompañero de trabajo, es que fui a dar al servicio de urgencias del hospital del IMSS en donde me salvaron la vida. Bien dijo una jefa de piso durante uno de sus recorridos nocturnos, mis dos internamientos de los últimos 14 años han sido por enfermedades en teoría mortales. Cualquiera de ellas hubiera acabado con mi vida, pero aquí sigo.

Todos los humanos romantizamos con la idea de la muerte: Desde que la concebimos nos imaginamos que llega en medio del dolor personal o de nuestros seres queridos.  Que llega como bálsamo después de largos años de penuria.  Que llega de manera súbita, a arrancarnos del plano terreno de un solo golpe.  Mi experiencia fue distinta: Yo nunca tuve la consciencia de la muerte, aunque hay infinidad de detalles de los que no recuerdo absolutamente nada, a pesar de lo significativo o traumático que puedan haber resultado. En la ocasión anterior, hace justo catorce años, cuando –como bien dice la jefa de piso—estuve a punto de cambiar de plano, me mantuve mucho más consciente de todos los detalles; de las sensaciones que recorrían mi cuerpo con cada malestar, con cada noticia acerca de mi descompuesta anatomía.  Esta vez no. El estado de alerta iba y volvía, y no fue hasta varios días después de mi alta cuando pude entender a plenitud lo que había sucedido.   Soy una persona creyente en Dios, en un poder superior que se manifiesta de muchas formas a través del tiempo y del espacio. Acojo con igual devoción una y otra creencia religiosa y agradezco todas las intenciones. Me rodea gente de mucha fe. Supongo que  fueron tantas las oraciones que llegaron al cielo, que imagino que por cansancio nuestro buen Dios dijo: “Hágase el milagro” y aquí estoy, cierta de que me dejó por alguna razón, para cumplir determinado cometido.

En comparación con mi experiencia previa, el proceso fue muy distinto: Estoy plenamente al tanto de que en uno de esos “apagones” que tuve durante el cuadro agudo, bien pude no haber vuelto.  No me hubiera gustado no estar consciente de mi propio final. Me parece que es un momento tan significativo como el nacimiento; un cierre de ciclo que, idealmente, debe vivirse a  plenitud.   Ahora pienso en tantos seres humanos que partieron durante las olas de la pandemia, en una cama de hospital en total aislamiento, sin poder comunicarse con los suyos, y entiendo cuan difícil debe haber sido.

En estas seis semanas he agotado el tema con mi terapeuta.  La percibo como un espejo frente al cual me coloco y me reviso una vez por semana, buscando entender por qué reacciono de una u otra forma y cómo me afecta lo ocurrido. Hasta ahora, de segunda intención, cuando ya he revisado conmigo misma y frente a ella todo lo ocurrido, es que puedo expresarlo en el papel.  Sobre todo, con un compromiso frente al espejo: necesito revisar y terminar los borradores literarios que bien pudieron haberse quedado en el limbo de la nada, si yo hubiera muerto.  Es mi tarea para el próximo año, en el supuesto de que siga en las condiciones en que me hallo actualmente.

Damos por hecho que la muerte no puede tocarnos.  O que lo hará en las condiciones ideales, a una edad avanzada, en un lecho cómodo y limpio, rodeados de nuestros seres queridos.  La verdad es que ocurre así en  casos excepcionales, los que pueblan las novelas decimonónicas de nuestros autores románticos.  La muerte, única realidad absoluta para todos los humanos, puede sorprendernos cuando menos  esperamos y del modo más inusitado.  Hay que tener listo el equipaje siempre. No sabemos en qué momento el silbato de nuestro tren rasgue el silencio de la cotidianidad

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