SALVAR LA SOLEDAD María del Carmen Maqueo Garza

SALVAR LA SOLEDAD

María del Carmen Maqueo Garza

Por simple genética traigo una carga para las artes visuales.  Aunque no me salga ningún boceto bien hecho, o tenga que batallar una hora para copiar de la naturaleza algo que se parezca a lo que ven mis retinas.  Aun así, traigo latiendo en la sangre, por parte de  padre y madre, una carga visual, que busca manifestarse de distintas maneras, tal vez mediante una fotografía tomada con el teléfono móvil, o bien un chispazo visual  que  captan mis pupilas para más adelante, en la acostumbrada soledad de mí conmigo, reproducir, desentrañar, poner a trabajar a  la palabra escrita.

La Internet ha facilitado en gran medida estos trabajos para quienes buscamos expresarnos frente a otros.  En lo particular Twitter representa el gran foro donde yo encuentro mis pares; me identifico y apoyo causas afines.  En ocasiones me tardo buen rato deshaciéndome de contenidos que nada tienen que ver con la expresión auténtica de temáticas de validez universal.  Una vez despejado el panorama, comienzo a revisar lo que expresan aquellos a quienes sigo, para así adquirir las enseñanzas del día.  Hay otras redes sociales, algunas privilegian el sentido del humor nada más, o se convierten en un foro donde el usuario transmite sus diarios quehaceres, como lavar platos, desempañar un espejo o perseguir al gato.  En lo particular no me llaman la atención esos contenidos, sobre todo cuando se concatenan unos con otros y, de no percatarte, podrás durar quince o veinte minutos viendo la sucesión interminable de videos que ofrecen ciertas plataformas.

Esta mañana me topé en Twitter con una imagen que me remitió a una época de mi vida personal: Mariana, desde el sillón de la sala de quimioterapia de algún hospital, escribe mientras recibe su cuarto ciclo de quimioterapia. Manifiesta su incomodidad y el descontento que las reacciones de algunas personas generan en ella.  Se desahoga, al tiempo que llama a la empatía.  Ella misma se da ánimos y, por supuesto, quienes han leído su comentario hacen lo mismo. Le envían apoyo emocional, oraciones y muchas flores.  Hay quienes, habiendo pasado por una experiencia similar, la animan a resistir diciendo que ya es una sesión menos por la que tiene que atravesar.  Percibo todo esto como una forma de sentirse acompañada a través de alguna aplicación, quizá desde el anonimato. No sé si quienes se hablan con tanto afecto se conocen en la vida real, o lo han ido haciendo a través de la red.

Justo ayer platicaba con un querido amigo, casi hermano, con relación a la soledad.  Él compartía algunos datos de Norteamérica, en donde, una encuesta realizada por una encuestadora seria mencionaba que el 22% de los adultos abordados se siente solo.  Yo hallo esta cifra muy compatible con lo que sucede en nuestro país, donde, por una u otra razón el aislamiento de los demás ha ido creciendo, en particular a partir del 2020, con el advenimiento de la pandemia.

La sensación de soledad no deja de ser terrible, máxime en la población menor de 20 años.  No es de extrañar, entonces, que la punta del iceberg de ese fenómeno social se exprese como casos de suicidio o formas de agresión contra otros.  En algunos de los casos de tiradores solitarios que han arribado a un sitio público y comienzan a disparar sin un objetivo particular, adivino que detrás de esos atentados contra la vida propia o de los demás hay una fuerte sensación de soledad.  Lo más peculiar, al menos en niños y adolescentes, es que acorazan esa profunda soledad interna, de modo que lo que percibimos parece ser una careta de hostilidad. 

Más allá de estacionarnos en el enojo o el mal modo del niño o del adolescente, habrá que asomarnos para conocer qué es lo que trae en su corazón.

Un concepto que se cuela aquí, como lo hace con frecuencia en mis colaboraciones, es el relativo al valor del tiempo. En general utilizamos frente a nuestro equipo más tiempo del que acaso imaginamos, y tantas veces lo hacemos de manera ociosa, desperdiciando de un modo lamentable un tiempo que podríamos ocupar en cosas de provecho.

Estos dos años de encierro absoluto o relativo que hemos experimentado, nos han cambiado como personas.  No hay quien haya salido indemne de esta forja; todos hemos tenido cambios en nuestra forma de ser, ya por el propio encierro, ya porque la enfermedad o la muerte de seres queridos nos ha tocado de forma cercana.  Las redes sociales han sido una forma de continuar conectados, de vencer esa sensación de soledad tantas veces demoledora, que nos lleva a ir contra la vida con una furia inusitada.  De forma ideal las redes sociales nos conectan con otros; ahí hallamos muestras de simpatía y de solidaridad; modos de salvarnos de  esos vientos negros y profundos que nos aíslan.

Salvar la soledad, hoy más que nunca.

https://contraluzcoah.blogspot.com