LECCIONES DE PATRIA, María del Carmen Maqueo Garza

LECCIONES DE PATRIA

María del Carmen Maqueo Garza

La población  mundial crece día con día.  Hay imágenes que nos llevan a suponer que somos como abejas en un panal, cada cual dentro de su vivienda. Grandes multifamiliares o casas de interés social que parecen hechas con molde, idénticas todas.  De forma paradójica el sistema nos inyecta la necesidad de aspirar a más en lo material, aun a costa de la salud o la tranquilidad.

La globalización nos roba autenticidad.  Las marcas de productos de alguna manera nos uniforman a todos, habiéndonos convencido de que tal cachucha o tales tenis son lo que se requiere para ser aceptados dentro del núcleo social.  Se sacrifica la autenticidad y se apaga la creatividad en aras de la pertenencia a un grupo, una pertenencia que sentimos tan urgente en términos de identidad.

Viene lo anterior como un paréntesis de reflexión frente a dos objetos que tengo ante mí: son unos separadores de libros que me obsequió mi hija después de un viaje al pueblo mágico de Tepotzotlán, en el estado de México: Son acuarelas trabajadas sobre un cartoncillo grueso, que luego va enmicado.  Al frente traen la firma autógrafa de su autor y en la parte posterior se incluyen, impresos con un sello de goma, sus datos de contacto.  Cada uno de ellos es una verdadera obra de arte que disfruto cuando lo tomo entre mis dedos para dar vuelta a la hoja: Una imagen corresponde al templo icónico de San Francisco Javier y el otro a un ave de fantasía, que tiene forma de quetzal con pico de colibrí. Me asombra la maestría con la que Don José trabaja el pincel, más tratándose de acuarela, y todavía más difícil, sobre un cartoncillo de unos 4 centímetros de ancho.   Espero algún día conocerlo y  verlo trabajando en su taller, para entender cómo logra esa precisión en su pintura. Cada separador de libros que él hace es único, irrepetible, y para nada el precio en que se vende representa el gran trabajo que invierte en cada una de estas obras de arte.

Me pongo a pensar en qué medida nuestros talleres de arte han mermado con el encierro debido a la pandemia, pero más aún, por la pérdida de valor que nosotros, como consumidores, le damos a la creación frente a la mercadotecnia.  Esos chispazos de belleza, como las acuarelas de Don José, corresponden a parte del patrimonio que  como país es necesario rescatar.  Cada obra hecha por manos mexicanas es un testimonio de lo que ha sido su cosmovisión a través del tiempo, y del modo como se resiste a morir.

Los mexicanos hemos ido aprendiendo a ser cada vez más desconfiados de lo que otros dicen, de lo que hacen, de las posturas de nuestros políticos.  Estamos buscando el negrito del arroz, aun en las cuestiones más transparentes. Aprendemos a cuidar nuestros objetos personales ante la posibilidad de que alguien los dañe o los robe, en un ambiente de impunidad cada vez mayor, donde más de una vez hemos pensado que se cuida y se protege  más a los delincuentes que a los ciudadanos honrados.  Hemos ido asumiendo una actitud defensiva en muchos otros aspectos.  De alguna manera, como que escatimamos el amor a nuestro suelo patrio, en aras a la preservación de lo que es propio.  Esa actitud trae aparejado un desprecio por lo nuestro, una falta de empatía para reconocer los logros de otros, para valorar sus méritos. Parece que quisiéramos medir todo con la misma vara.

El arte implica contemplación; conectarse con  elementos de nuestro entorno.  A la vez se trata de una búsqueda interior, de plantearnos preguntas que luego tratamos de contestar a través de nuestras obras.  Don José lo hace de una forma prodigiosa, plasmando para la posteridad su forma de ver las cosas en ese pueblo mágico en el que le tocó vivir.

Nuestros chicos son materia preciosa para las artes.  Organizar talleres de creación en los centros culturales de cada población, es una forma de despertar en niños y jóvenes la capacidad de asombro, la reflexión y la comunicación de sus propios estados internos. Ello permite expresar aquello que se lleva dentro, y así comenzar a sanar.  En estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo, es una forma de ayudar a que se reconecten, primero con ellos mismos y luego entre unos y otros, para romper esos muros que la emergencia sanitaria obligó a erigir.  Demoler esos diques y así  permitir que su yo interno fluya para comunicar vida.

Me quedo con un pedazo de Tepotzotlán entre mis objetos más queridos.  Primero, porque estos separadores me los regaló mi hija, y luego porque cada vez que los veo  rindo homenaje a las manos del artista que pintó esas imágenes tan suyas, pero a la vez tan mías, porque me las ha regalado para enseñarme a amar mis orígenes, y así poder decir, como lo hace López Velarde en su inmortal poema: La Patria es impecable y diamantina.

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